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Elío, Luis

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Luis Elío (Tarragona, 1895 – México, 1968)

Hombre ilustrado, de gran valía intelectual y personal, Elío, de familia aristocrática navarra, cursó estudios en Valencia y Madrid, ciudad donde publicó sus primeras tentativas literarias. Fue juez en Pamplona y –probablemente– el primer detenido en julio de 1936. Rescatado del fusilamiento por amigos del bando insurgente, pasó los años de la guerra en un cuarto poco mayor que un armario, a doscientos metros de donde se producían  a diario las ejecuciones. Soledad de ausencia es el testimonio de aquellos terribles años. Huido a Francia,  quedó retenido en el campo de concentración de Gurs . En 1968 murió en la ciudad de México.

Luis Elío fue –probablemente– la primera víctima del golpe asestado a la legalidad democrática en julio de 1936 por militares desleales y facciosos financiados por Mussolini. Hombre independiente, ilustrado, de hondas convicciones humanistas, se había ganado como juez de lo laboral el respeto de sindicalistas y patronos y contaba con la amistad de figuras del más diverso signo político, incluida la de José Antonio Primo de Rivera. Pese a ello –o por ello–, en la mañana del 19 de julio de 1936, el autor de Soledad de ausencia encabezaba todas las listas negras. No lo habían sacado del portal de su casa los falangistas que lo llevarían a la comisaría –donde aguardaba el primer camión de la muerte–, cuando llegaron en su busca los requetés. Los falangistas se ocupaban de detener a los represaliados políticos, mientras que los carlistas iban en busca de quienes habían quedado marcados como enemigos de la fe.

De haber sido sometido a juicio, Luis Elío Torres habría tenido que defenderse de una y otra acusación: la de haber aliviado el hambre y la miseria de los jornaleros que cultivaban sus tierras de Barañain, y la de haber cometido agravios intolerables contra la religión. Si en cuanto a lo primero el acusado era ciertamente culpable de «mal ejemplo» –al menos a los ojos de unos ultramontanos que en pleno siglo XX fueron a las armas para perpetuar el símbolo de su dominio feudal: la propiedad de la tierra–, en lo que se refiere a lo segundo, podía aducir en su descargo no sólo su honda inquietud religiosa, sino hasta el aprecio del propio Arzobispado. Pero al igual que los miles de personas ejecutadas en Navarra en los meses siguientes, Elío nunca tuvo un juicio.

Considerado por quienes le conocían como un hombre íntegro, el juez fue rescatado a las puertas de su ejecución por uno de los fundadores de la decuria –precedente de los grupos armados de requetés– y escondido en la casa de un alto mando de la Junta de Guerra Carlista. Luis Elío pasó los años de la guerra civil encerrado en un cuarto no muy distinto a una celda de castigo, a doscientos metros del lugar de la Ciudadela pamplonesa al que, por lo que nos cuenta Laín Entralgo o dicen los libros de los sacerdotes Ayerra y Aspiazu, las «señoras» de la «buena sociedad» acudían a presenciar los fusilamientos, cual si de una corrida goyesca se tratase –«espectáculos de bota y merienda», les llama el propio Elío–, mientras los vendedores de churros pregonaban su mercancía en los alrededores.

El autor de Soledad de ausencia, como el Goya de Los desastres de la guerra, entiende ese gusto por la crueldad como una irremediable fatalidad histórica: […] no me importaría apostar hasta mi propia libertad, sin temor a perderla, a que la guerra de ahora es un calco fiel, en todos sus sentidos y direcciones, de las del siglo pasado. De hecho, en Pamplona, los fusilamientos se daban en el mismo lugar de la Vuelta del Castillo donde cien años antes se sometía a los réprobos a garrote vil. Elío ve la contienda del 36 como un nuevo episodio de la larga saga de disputas civiles cuya penúltima entrega había sido la Segunda Guerra Carlista. Profundo conocedor de la Biblia –y de otros muchos textos sagrados–, interpreta la irrupción del odio como el triunfo de una ancestral «bíblica ignorancia»; ignorancia que, revestida con el fundamentalismo de la Cruz, vuelve siempre para afianzar privilegios seculares y enquistadas injusticias. Caín y Abel hundidos en el pantano, otra vez a estacazos. Como el Goya de Los desastres –el Goya ilustrado, afrancesado, el hombre desesperanzado del Y no hai remedio–, Elío no ve remedio a la fatalidad.

En abril de 1937 el nombre de Luis Elío apareció en las páginas de la prensa local junto a los de los más significados líderes políticos de las izquierdas: su hacienda quedaba incautada por derecho de guerra. De nuevo la luz negra de un grabado de Goya ilumina la escena: Y se aprovechan. Concluida la guerra, dejada atrás la madriguera de la Vuelta del Castillo, el autor de Soledad de ausencia cayó en el campo de concentración de Gurs, donde llegaron a hacinarse dieciocho mil perseguidos. Tras diversas vicisitudes, el México generoso que acogió a los sobrevivientes de la crueldad, le dio cobijo. Allí pudo terminar este libro, testimonio de una barbarie que anuncia la de los guetos y los campos de exterminio.

Desgarrado relato biográfico, desesperanzado ensayo de interpretación histórica, desnuda incursión lírica en el desamparo trágico del ser, Soledad de ausencia cuenta, con el telón de fondo de la incivil contienda, la verdad desnuda de un hombre sometido a la destrucción; un hombre desalentado, avergonzando, como el Primo Levi de Si esto es un hombre, por el irremediable naufragar de la condición humana.

Ni la España voluntariamente desmemoriada del último tercio del siglo XX, ni la Pamplona oficial que a principios del XXI «limpia y rehabilita» un Monumento a los Caídos inspirado en las retóricas megalomanías funerarias de Mussolini y Albert Speer, han dado muestra alguna del respeto que merece la memoria de un hombre, Luis Elío, de cuya categoría ética e intelectual queda constancia en Soledad de ausencia, libro hasta hoy inédito en nuestro país.

Javier Eder

 

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