García-Larrache, Javier

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Javier García-Larrache y Martínez de Artola (Pamplona, 1931)

Acompañó a los suyos al destierro cuando sólo contaba 4 años. Cursó estudios de Lengua y Literatura Española en la Universidad de Burdeos y fue profesor de la Universidad Católica de Toulouse, así como secretario trilingüe  del Embajador de España. A los 30 años de la muerte de su padre en el exilio, con su hermano José Ignacio, entregó al Archivo General de Navarra los papeles políticos del que fuera diputado foral republicano. Colaboró con el también republicano pamplonés Mariano Ansó en la elaboración de su libro Yo fui ministro de Negrín (Planeta, 1976), finalista del Premio Espejo de España. Ha traducido para Príncipe de Viana Casas Ospitalia, de Clement Urrutibehety, y distintos artículos para el Museo Vasco de Bayona, además de dos Pastorales de P.P. Berzaitz.

 

 

 

 

Fernando Mikelarena (Bera, 1962)

Historiador, profesor titular de la Universidad de Zaragoza y doctor en Historia, es autor del libro Demografía y familia en la Navarra tradicional (Pamplona, 1995) y coautor del libro Historia del navarrismo (1841-1936). Sus relaciones con el vasquismo (Pamplona, 2002). En los últimos años ha estudiado cuestiones relacionadas con la II República y la represión en Navarra durante la guerra civil.

 

 

 

La obra

Rufino García Larrache fue un político navarro de una cultura y preparación poco habituales, cuya resuelta acción como miembro de la primera Gestora Republicana de la Diputación de Navarra sería determinante para la implantación de la II República en Navarra, cuyos objetivos políticos diversos sectores de las izquierdas se esforzaron en llevar adelante, frente al tradicionalismo y la reacción, impulsando iniciativas como la reforma agraria o el proyecto estatutario de 1932.

Por su habilidad política, García Larrache ocupó distintos cargos en momentos críticos del periodo republicano. Tras salvar la vida al producirse en Pamplona la sublevación militar de 1936, colaboró desde San Sebastián en la organización de la resistencia frente a los golpistas. Ya en el exilio de Bayona, donde moriría en 1956, jugó un papel fundamental en la atención a los refugiados y en las plataformas políticas que dedicaron toda su energía al intento fallido de reinstaurar la democracia en este lado de los Pirineos.